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Entre las muchas cosas que veo en pantallas de celulares ajenos, mientras voy en la micro, hubo una que me llamó la atención y me quedé dándole vueltas un rato porque no me cuadraba.

La persona en cuestión, una mujer, estaba revisando su cuenta de Facebook en su celular y vio una de esas típicas imágenes del tipo “comparte esto para que te pasen cosas buenas”. La imagen mostraba un ángel (del tipo judeocristiano) y el texto decía algo como “comparte al Ángel de la Suerte y tendrás suerte”. Inmediatamente algo no me cuadró.

Primero: hasta donde recuerdo de mi formación de colegio católico, la suerte no es una de las “bendiciones” otorgadas por las figuras sobrenaturales asociadas a esa religión. Puedes pedir toda una serie de virtudes, dones y frutos, pero entre ellas no figura la suerte. Y es natural, la suerte está mucho más relacionada con el azar, lo que normalmente se asocia con juegos de azar, a lo que muchas religiones le fruncen el ceño.

Segundo: si por un momento asumimos que la suerte es algo que le puedes pedir a un ángel, esta se puede comportar de dos formas distintas: existe una cantidad ilimitada de suerte, la que puede ser entregada por el mentado ángel en forma arbitraria, o existe una cantidad finita de suerte, la que puede beneficiar a una cantidad finita de personas en forma simultánea. Los hechos de la realidad parecen apoyar la segunda alternativa, pues la cantidad de gente que gana sorteos, rifas, bingos o eventos similares, donde la suerte es el principal (y único?) factor determinante del ganador.

Tercero: si ignoro por un momento el primer punto, y tomo la conclusión del segundo punto, qué incentivo tengo para disminuir la cantidad de la suerte (finita) que puede repartir el ángel, al compartir la imagen en Facebook? En serio, si creo en el ángel y en la suerte, no debería ocultar dicha imagen para que nadie más la vea y así tener toda la suerte que puede repartir ese ángel para mí?

Claramente el objetivo de la imagen no era ese, y estoy seguro que no había ningún ángel respaldando la oferta, pero aun así, la mujer de la micro apenas vio la imagen la compartió.

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Respecto de la comida tengo que decir que toda la que probé era muy buena y sabrosa. Debo hacer la aclaración, eso sí, que sólo consumí alimentos en locales establecidos. Nada en carritos ni puestos callejeros y mucho menos de los vendedores ambulantes de la playa.

Hay mucha oferta de restaurantes, de variados precios e inspiraciones. Se pueden encontrar pizzas, sushi, arepas, kubbe, hamburguesas y patacones con bastante facilidad. Nosotros tuvimos oportunidad de probar varios, desde algunos más formales (El Santísimo), hasta otros bastante más caseros, pero no por ello menos sabrosos. También probamos la comida del hotel (Regatta) que era buena, sin fuegos artificiales. En general, la recomendación de comer donde Ud. vea a los locales comiendo sigue siendo válida en Cartagena.

Y ya que estamos rondando el tema gastronómico, no puede irse de Colombia sin haber probado su café. En diversas formas, frío o caliente, es una bebida de sabor excepcional. Quedó pendiente para una próxima visita probar el lomo de vacuno preparado con una costra de pimienta y café de grano molido.

Que le sirva de advertencia saber que en la gran mayoría de los locales donde se expenden alimentos ya se incluye un 10% de propina en la cuenta. Dicho porcentaje puede ser modificado o rechazado por el cliente, pero si paga la totalidad de la cuenta, no deje propina extra (a menos que le sobre el dinero).

Lo primero que hay que decir, es que para una persona acalorada como yo, Cartagena lo recibe con una patada en la cara. Una patada de calor y humedad, los cuales de no existir el Aire Acondicionado (AC para los gringos) sería extremadamente agobiante. La temperatura durante el día (y la noche) oscila entre 25 y 30 grados Celsius con un 70% de humedad. Si Ud., por otra parte, es una persona friolenta y/o de presión arterial baja, el clima le resultará placentero.

La gente en Cartagena está compuesta por una mezcla entre descendientes de españoles, de indígenas y negros, además de todas las combinatorias posibles a lo largo de varias generaciones. En general se ven despreocupados, sin esa urgencia por estar en otra parte que parece ser la causa de tanto stress en otros países. El trato es amable, sin ser lisonjero, con la sola excepción de los vendedores ambulantes que patrullan todo el sector de la playa, acosando a los bañistas con productos y servicios, tales como masajes, fruta, bebidas, cervezas, collares, gorros, poleras, flotadores, fotografías, tours, ceviche, mariscos, y en general casi cualquier cosa, además del arriendo de toldos y sillas. Son insistentes, persistentes, recurrentes e incluso nos avisaron que algo estafadores en algunos casos (el costo ofrecido del masaje, al final del mismo se multiplica por cada extremidad masajeada).

El mar es muy calmo y tibio. Es agradable poder bañarse en esas condiciones, y más aún si eso permite descansar de los vendedores que solo recorren la arena. Uno puede avanzar muchos metros y el agua solo sube escasos centímetros. Algunos sectores de la playa cuentan con salvavidas quienes a punta de pitazos amonestan a los bañistas más osados. En algunas ocasiones, cuando había más viento y el mar estaba un poco más picado, se podían observar las reglamentarias banderas rojas de advertencia.

Así es, nuevo destino en el horizonte.

En Mayo de este año partiremos a Boston por once días, en los cuales esperamos caminar mucho por la ciudad, conocer lugares históricos, museos, bibliotecas, universidades (Harvard y MIT), comprar algunos libros y en general disfrutar la experiencia de conocer un lugar nuevo.

Si alguien tiene alguna recomendación o consejo, será bienvenido.

El viaje en remís fue bastante agradable. El conductor no habló en gran parte del trayecto, y lo hizo en su justa medida hasta que nos entusiasmamos conversando, entre otras cosas de las diferencias en los precios de los combustibles. Así, casi sin darnos cuenta, llegamos a la dirección indicada. No se veía ningún letrero o cartel que acusara la existencia de un hostel, pero pensamos que estaba dentro de lo probable. Sacamos las mochilas del remís y este se alejó.

Se notaba que era una puerta que daba a una escalera al segundo piso, eso era casi obvio pues en el primer piso había una verdulería. Tocamos el timbre, y después de un rato aparece una muchacha de pelo claro, la cual con acento norteamericano nos dice que esta es una casa de familia. Confundidos, recorrimos una cuadra hacia arriba y otra hacia abajo, preguntando a quien veíamos por el dichoso hostel, y nadie parecía recordarlo (esto ya sonaba a Dimensión Desconocida). Como no teníamos pesos argentinos recurrimos a un cibercafé donde nos cambiaron un dólar, lo que nos permitió navegar y corroborar la dirección y el número telefónico del hostel. Y luego llamar por teléfono al hostel y terminar hablando con la misma muchacha quien me informó que hacía un par de semanas que el hostel ya no existía (definitivamente esto era Dimensión Desconocida).

Dado que no apareció Marcelo Tinelli desde dentro de la verdulería diciendo que esto era una joda para VideoMatch, tuvimos que asumir la realidad. El hostel donde reservamos había dejado de existir y ni siquiera habían tenido la deferencia de informarnos el acontecimiento. Afortunadamente Sole tenía los datos de otro hostel cercano, así que partimos, mochila al hombro, en busca de un lugar donde dormir.

El hostel donde llegamos se llama Casa Fitz Roy y tiene un ambiente bien cosmopolita. El encargado (no se si era el dueño) nos dijo que estaba todo copado, pues el fin de semana tocaba Roger Waters en Buenos Aires, pero nos dijo que estábamos de suerte, pues le habían cancelado un par de reservas en una pieza compartida justo para esa noche. No me hacía mucha gracia lo de pieza compartida, pero para poder dedicarnos a buscar otro lugar para el resto de los días, necesitábamos tener un lugar fijo al menos para esa noche, así que aceptamos, dejamos nuestro equipaje confiados en los buenos modales de los otros pasajeros y partimos al centro a cambiar dólares y a almorzar.

Aprovechando que éramos nosotros nuestros propios agentes de viajes, elegimos partir de Santiago a las 6:15 AM (sí, AM), y volver de Buenos Aires a las 20:45, de modo que pudiésemos aprovechar al máximo los días de llegada y partida, cosa que normalmente no siempre sucede cuando usas servicios de agencias.

Llamamos el día anterior a la partida, bien temprano, a un servicio de transporte de pasajeros (transfer), el cual ofrecía pasarnos a buscar a las 3 AM (sí, 3 AM). Declinamos gentilmente la oferta, y gracias a un par de mentirijillas blancas, logramos que otra empresa de transfer nos pasara a buscar a las 4 AM.

El despertador puesto para que sonara a las 3 AM del día siguiente, y eran pasadas las 11 y todavía armando maletas (mochilas más bien). En fin, dormimos poco, nos levantamos muertos de sueño, el transfer llegó a tiempo y relajadamente llegamos al aeropuerto e hicimos todos los trámites previos a abordar.

El viaje estuvo bien, aunque a Sole le llamó la atención que demorase tanto en aterrizar. Más tarde nos enteraríamos que hacía un par de días, durante una tormenta, un rayo había caído en el radar del aeropuerto argentino. Esa era la razón de la demora en aterrizar, habían ampliado los tiempos entre uno y otro despegue y aterrizaje para poder garantizar la seguridad.

No nos costó nada elegir una empresa de remís (radio taxi) y partimos rumbo a Buenos Aires bajo un cielo nublado que amenazaba.

Quizás fue exceso de confianza o quizás fue sed de aventura, pero el viaje a Buenos Aires decidimos que sería sin ninguna agencia de viajes de por medio.

Argumentos a favor:

  • Ya habíamos ido una vez hace unos 3 o 4 años.
  • Teníamos un amigo allá (Pablo).
  • Teníamos la experiencia de San Francisco que nos demostró que con una buena investigación previa se puede funcionar bien.

Argumentos en contra:

  •  Ninguno (creo).

Así que con más de un mes de anticipación compramos pasajes aéreos a buen precio, investigamos acerca de lugares y eventos que queríamos visitar y tomamos la recomendación de una amiga para seleccionar el alojamiento. Decidimos que fuese un hostel y no un hotel porque era más barato y menos impersonal. Reservas hechas y confirmadas, nos quedamos tranquilos por las tres semanas que seguían previas al viaje. Seguimos averiguando acerca de museos, paseos, tarifas, horarios y gratuidades varias.