Lo primero que hay que decir, es que para una persona acalorada como yo, Cartagena lo recibe con una patada en la cara. Una patada de calor y humedad, los cuales de no existir el Aire Acondicionado (AC para los gringos) sería extremadamente agobiante. La temperatura durante el día (y la noche) oscila entre 25 y 30 grados Celsius con un 70% de humedad. Si Ud., por otra parte, es una persona friolenta y/o de presión arterial baja, el clima le resultará placentero.

La gente en Cartagena está compuesta por una mezcla entre descendientes de españoles, de indígenas y negros, además de todas las combinatorias posibles a lo largo de varias generaciones. En general se ven despreocupados, sin esa urgencia por estar en otra parte que parece ser la causa de tanto stress en otros países. El trato es amable, sin ser lisonjero, con la sola excepción de los vendedores ambulantes que patrullan todo el sector de la playa, acosando a los bañistas con productos y servicios, tales como masajes, fruta, bebidas, cervezas, collares, gorros, poleras, flotadores, fotografías, tours, ceviche, mariscos, y en general casi cualquier cosa, además del arriendo de toldos y sillas. Son insistentes, persistentes, recurrentes e incluso nos avisaron que algo estafadores en algunos casos (el costo ofrecido del masaje, al final del mismo se multiplica por cada extremidad masajeada).

El mar es muy calmo y tibio. Es agradable poder bañarse en esas condiciones, y más aún si eso permite descansar de los vendedores que solo recorren la arena. Uno puede avanzar muchos metros y el agua solo sube escasos centímetros. Algunos sectores de la playa cuentan con salvavidas quienes a punta de pitazos amonestan a los bañistas más osados. En algunas ocasiones, cuando había más viento y el mar estaba un poco más picado, se podían observar las reglamentarias banderas rojas de advertencia.

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