Hoy, cuando iba en el metro rumbo al trabajo, vi a una señora sentada que leía un libro formato mass market paperback (tapa blanda, roneo). Un para de miradas y pude determinar que era un texto en inglés (me acordé de los de Pratchett). Una revisión a la persona me arrojó hartas cosas: el marcalibros era de ediciones paulinas (buu), su mochila tenía una chapita de starfleet command (raro) y en uno de los cierres tenía un llavero colgando con una nave cubo borg (casi me dio apnea). La señora estaba bien vestida, bien peinada, se veía joven, pero ya no lola. En ese momento pude ver qué libro leía, The Restaurant at the End of the Universe, de Douglas Adams. Mi niño interno botó una lágrima interna.

Cualquier intento de comunicación con ella hubiera arruinado el momento mágico. Se bajó en la misma estación que yo, pero salió por una salida distinta a la mía. Nunca sabré si era chilena o no, en qué trabaja o si juega rol, pero por un momento tuve la sensación que no estamos solos en el universo.